Las mil y una Hipatia

Estoy leyendo ahora “Las mil y una Hipatias” y, siendo un libro de la Colección “La Matemática y sus Personajes”, de la editorial Nivola, me he encontrado con la agradable pero extraña sensación de no estar leyendo un libro relacionado con las matemáticas.

Las mil y una HipatiaDejemos a un lado mi opinión políticamente incorrecta de que la “discriminación positiva hoy” no es un ejemplo de igualdad entre hombres y mujeres. Admito que esto pueda parecer a algunos/as un síntoma claro de machismo o incluso de misoginia. Pero hasta en esto me he visto gratamente sorprendido por la delicadeza del trato. El libro podría perfectamente haberse titulado “Las mil y una Hipatias, las mil y una maestras, los mil y un maestros”. Tiene empero el valor añadido de destacar que, las mil y una maestras, tienen además un mérito añadido tan inmenso, tan difícil de evaluar que lo hace infinitamente más elogiable, porque el contacto de la mujer con la ciencia y la cultura ha sido un camino casi imposible en una historia fijada por los designios de los machos.

Pero destaco, como las autoras destacan, los conceptos que son centrales en el discurso de la obra, los conceptos que se aplican a la figura de Hipatia y que yo hago extensibles a los verdaderos maestros de todos los tiempos (siento que, en este caso, el propio lenguaje pueda inducir a pensar sólo en hombres, cuando no es esa mi intención). A esos mil y un maestros que cada día se levantan por la mañana y se dirigen a sus aulas. A esos mil y un maestros que, no son todos, pero que son muchos. A aquellos que, de verdad, rezuman Areté y Padeia. A aquellos que, como el propio libro indica, pueden responder a …


“Miré a Rolf: por fin aparecía Hipatia II. Entendí que ella había sido la maestra de Deianira, quizá todas las veces que la había mencionado se refería a ‘la otra’ Hipatia, pero por la descripción que hizo yo no hubiera podido diferenciarlas. Era la que enseñaba el amor por el saber, el placer por el conocimiento, la independencia del criterio, el respeto por lo desconocido; la que les exigía coherencia lógica, la que se basaba en datos empíricos, la que les estaba labrando una conciencia política de ciudadanos, independiente de su status social, la que se enfrentaba al poder y el dogmatismo en defensa de la razón; la que no distinguía entre hombres y mujeres; […] Una Hipatia resucitada o reencarnada, qué más da. O muchas Hipatias, un ejército de Hipatias luchando con sus enseñanzas contra la alienación que crece larvada en el seno de la mediocridad …” (1)


Y tan sólo un poco después, …


“- Por supuesto: el buen maestro enseña sobretodo a pensar. ¿No conoces la frase famosa de Hipatia I?
 – No
 – ‘Pensar, aunque sea erróneamente, es mejor que no pensar'” (2)


Las citas (1) y (2) se las leía el último día a mis alumnos de bachillerato mientras se sentaban en sus pupitres y luchaban por mantenerse en ellos y poner un mínimo de atención en una clase en la que muchos de ellos no querían estar después de haber pasado muchas otras horas de esta semana en otras tantas en las que tampoco querían haber estado. Lo que entendieron o escucharon de ello queda en el entorno de sus mundos privados.

La cita (2) se la leía a mis alumos de 2º de la ESO. Algunos que me conocen desde hace más tiempo y son capaces de pensar tal vez fueran más allá, la mayor parte no distingue entre pensar y mecanizar de manera absurda que para sumar dos fracciones hay que hacer denominador común sin preguntarse nunca … ¿por qué?